La Navidad en Venezuela

En la calle el cielo era colores y estallido, pero lo que todos habíamos esperado con ansiosa alegría, se había transformado en llanto con las doce campanadas y el Himno Nacional. Tendría ocho o nueve años, cuando me di cuenta de que estábamos hechos de una doble naturaleza, y a partir de entonces me dio por imaginar que se lo debíamos al mar; tanta agua que avanza y se retira, que nos da y que nos quita, como un amor o más bien una pasión viajera.

 

Diciembre no era un mes más para reunir a la familia, era un acontecimiento con símbolos, música, bailes y comidas que habíamos aprendido a degustar y sentir desde el vientre de nuestras madres.

En Venezuela todo anuncia la llegada de las fiestas. Mi abuela se asomaba al balcón y nos decía “vengan a ver, ya están llegando las golondrinas”, entonces salíamos al parque y así era, el cielo de un azul limpísimo donde bailaban pajarillos venidos del norte, y el sol brillante borrando cualquier sombra. Era la época en que mamá comenzaba a cantar por las mañanas, junto a la Radio Nacional, las parrandas y aguinaldos que nosotros ensayabámos en grupos de la escuela.

 

Poco a poco Caracas se llena de gente que va y viene y canta por trocitos los coros de las canciones que invaden todo. No es aún diciembre, pero ya estámos pensando en la comida, en los regalos, en la fiesta, y así como se enciende la calle en lucecitas de colores, flores de navidad y nacimientos, así se ilumina la gente que deja atrás todos los males como siendo invadida por un nuevo espíritu. Pero no es sino hasta el primero del mes que el frío de dieciocho grados se deja sentir, y se escucha decir “llegó Pacheco”, aquel señor que antaño bajara en la misma fecha de Galipán a la ciudad para vender sus flores en La Pastora. Encienden entonces la cruz del Ávila e inician oficialmente las fiestas.

 

Sacábamos las cosas de las cajas para poner el pesebre y el arbolito; hacíamos la estrella, las montañas y la carta al Niño Jesús. Alguna vez noté que en un cuarto había bolsas llenas de juguetes, pero mi primo no me quiso creer y nos fuimos corriendo a la cocina a comer pasitas y olivas mientras tarareábamos arrumbambaya, arrumbambaya, porque mañana nos vamos para la playa. En las canciones y en la vida todos íbamos a lugares distintos, pero en el país era siempre el mismo hogar, de padres, tíos, abuelos, primos, reunidos para hacer las hallacas, el pan de jamón, el pernil, los tequeños, el dulce de lechoza; brindando con ponche crema, bailando y ofreciendo a los vecinos el plato de la casa.

Para el 24 ya habíamos ido a misa de aguinaldos y recorrido la ciudad para ver los distintos pesebres, los arbolitos, en el metro y centros comerciales, la fuente de colores en Plaza Venezuela, las luces en la Plaza Bolívar, Altamira, Los Proceres. Desde el teleférico o el mirador, yo imaginaba que de noche Caracas era como un pesebre con sus montañas llenas de casas y lucecitas donde los niños jugaban con petardos en las escaleras, y podía entender que la gente cantara si la virgen fuera andina y San José de los llanos, el Niño Jesús sería un niño venezolano.

Había que estar bien vestido para recibir al Niño en casa, y estábamos felices por los regalos, la ropa nueva y las sorpresas, pero ver a las mamás bonitas, perfumadas, junto a la familia y los aromas de esa comida, era la detención de un tiempo que no muere jamás. Fiestas, gaitas de siempre, una música alegre acompañada por letras de nostalgia, celebraciones de lo absurdo, el amor y el paisaje de un país que está frente al mar con una montaña de por medio.

 

Romper papeles de regalo, jugar en las calles, pedir deseos, bailar; después de comer en familia las uvas de las doce campanadas, escuchar el Himno en medio de fuegos artificiales es la cumbre. La gente se abraza, sonríe y llora sin saber, mientras Andrés Eloy lee en la radio Las uvas del tiempo y todos sentimos añoranza de la Caracas que -enmarcada por cohetes, llena de humo y trozos de papel- empieza a llover para saludar al primero de enero.

 

Carla Garcia Citerio – profesora de español de Centro Studi Ad Maiora