De tanos y argentinos

¿Quién no conoce a un argentino con orígenes italianas o a un italo-argentino? Es que prácticamente el 70% de los argentinos tenemos ascendencia italiana, a veces hasta creemos realmente ser un poco italianos, y no siempre es así.

Diecinueve años atrás dejé Argentina para venir a vivir a Italia convencida de que algunas canciones de Andrea Boccelli más el truco de sacar la “s” de mi idioma y poner un poco de canto bailarín a lo que dijese iba a ayudarme en mi conquista de este hermoso país. A fuerza de risas y de llantos aprendí que tener abuelos italianos no hacía de mi una italiana, que no basta alzar las manos y gesticular exageradamente para hablar italiano y que los italianos no son el reflejo de nuestra visión estereotipada de un pueblo de gritones que te reciben a brazos abiertos con un mandolino en la mano y un plato de espaguetis en la otra.

Cumplí veintitrés años apenas llegada aquí, una edad en la que todavía te llevas el mundo por delante y no te importa nada de nada. No hablaba una palabra de italiano, nunca me voy a olvidar mi primer lección de lengua italiana, no, no fue en un curso, fue en un bar donde entré muy confiada y pedí, con la naturalidad que puede tener una hispanohablante que piensa entender todo de un idioma “hermano” al suyo, “un bacio de acqua, per favore”. Eh sí, así como está escrito (en ese entonces sin saber siquiera como se escribía la palabra “acqua”) lo dije. El mozo me miró con una cara entre atónito, divertido y preocupado a lo cual me respondió “non saprei come darti quello, ma se vuoi ti dó un bicchier d’acqua”… Ahí va, ese día me decidí a estudiar italiano!

De errores y metidas de pata como esta tengo varias para contar, pero no es sólo el idioma lo que nos hace dar cuenta o tomar consciencia de las diferencias culturales que podemos tener a pesar de lo chico que se hizo el mundo gracias a la globalización. Prueben a salir con un grupo de italianos y que hacia las cinco, seis de la tarde se les ocurra pedir un cappuccino… ¡no lo hagan! A menos que quieran crear confusión en las mentes de vuestros amigos. Se me ocurrió hacerlo una vez, la reacción fue tal que la podría llamar una lección de vida, creo que se podría concebir tomar hasta aguarrás a esa hora, ¡todo menos cappuccino!

¿Qué decir? No basta aprender el idioma del lugar que se va a visitar o al que se va a mudar, por suerte (pienso yo) la cultura está hecha de esas pequeñas cosas, como el horario del cappuccino, la salsa que corresponde a cada tipo de pasta, las flores que simbolizan la muerte, el amor o la amistad, que hacen que uno se sienta parte del lugar una vez que se aprenden.

¿Y qué pasa en una familia multicultural? Pasaron unos años después del “bacio de acqua” y del cappuccino y me casé con un “tano” (así es como llamamos en argentina a los italianos), ¡qué más tano no puede ser! Y tuvimos dos pequeños tanitos, a los cuales quise absolutamente darles la doble ciudadanía, o sea italo-argentinos de ley. En casa se hablan ambos idiomas, se come comida típica italiana y argentina, el tano aprendió a hacer el asado argentino, los chicos aman el dulce de leche, se toma mate a la mañana y la pasta al dente no falta nunca.

Mis hijos más de una vez me preguntan y confirman que son también argentinos porque, más allá del documento que puedan o no tener, saben que conocen esas pequeñas cosas que hay que saber para poder pertenecer.

En casa vivimos al son de chistes sobre uno o el otro país, transferimos un idioma en el otro y creamos nuestro léxico familiar, a veces hasta inventando palabras nuevas. Nos reímos de algunas costumbres, no siempre usamos bien las malas palabras de una u otra lengua… ¡y creamos más confusión!

Todo esto lo siento como una riqueza infinita, sigo aprendiendo y me siguen corrigiendo, ahora hasta mis hijos. Y por suerte sigo riendo de los errores que cometo… ¡para después tomar mi revancha y corregir a los tres tanos de casa su propio idioma!

Alejandra Gimenez, insegnante di spagnolo e inglese. Collabora con Centro Studi Ad Maiora